La burbuja se desinfla

Publicado en El Nuevo Día

No hay esquema conceptual ni percepción colectiva que pueda sobrevivir por mucho tiempo la transformación de la realidad en que se fundamenta. La instantaniedad de las comunicaciones y la ampliación del ámbito y la fuente de las noticias han significado, además, que más personas se enteran más rápidamente de las más recientes informaciones sobre los más diversos temas de nuestro entorno social, político, económico y gubernamental. Es cada vez más difícil ocultar la verdad o idealizarla. La realidad se va imponiendo avasalladoramente sobre los mitos, los engaños, y los fraudes en que se erigió el paradigma del ELA como el “mejor de los dos mundos”, y la antigua consigna de que nuestro status político era “el progreso que se vive”. ¡Ni hablar de la “justicia social” o de la “vitrina de la democracia”!

La triste y alarmante realidad social e institucional que se escondía e incubaba detrás de la frágil fachada de oropel y lentejuelas se empieza a revelar dramáticamente ante la conciencia del país, según se acelera el desgaste progresivo del modelo de desarrollo colonial que por tantos años había deslumbrado con sus signos de modernidad a nuestro pueblo. Ese pueblo que recordaba, aunque fuera por los cuentos de horror de los abuelos, al Puerto Rico depauperizado y sumido en la absoluta miseria de la primera mitad del siglo XX, hoy siente en carne propia el empobrecimiento material, espiritual, e institucional de nuestra sociedad. La burbuja del progreso se ha desinflado. Los motores que impulsaban el desarrollo económico colonial están apagados hace tiempo, y para siempre.

Hasta recientemente todos los puertorriqueños pensaban que las condiciones de vida de sus hijos serían mejores que la que ellos habían disfrutado. Nadie se imaginaba que pudieran ser peores. Lo que el ciudadano típico de hoy cree, sin embargo, es lo contrario. No sólo que a la próxima generación le tocará una peor calidad de vida sino que ellos mismos, los de hoy, sienten que sus condiciones de vida son peores que hace varios años. No se trata de estancamiento, se trata de retroceso y hundimiento.

Resulta cada vez más evidente que nada es lo que casi todos creían. La pobreza y la marginación no son un pasado que va quedando atrás sino una realidad desoladora que se agiganta. Los gobiernos de turno, lejos de ser instrumentos para el bien común, tan sólo han sido los instrumentos serviles de los grandes intereses para servir a sus rapaces necesidades de lucro. La escuela pública fracasa en su misión, la salud pública se ha convertido en un negocio corrupto, y las corporaciones de servicio público inventan fórmulas de facturación para robarle el dinero a los consumidores. La policía se comporta como una ganga de delincuentes y más parece un ejército de ocupación que una fuerza civil de orden público. El sistema contributivo es una máquina de extracción del dinero de los pobres y los trabajadores mientras mantiene inmunes los privilegios y las exenciones del gran capital.

Ante este cuadro, los partidos de la “unión permanente” se limitan a proponer, balbuceando, las mismas ideas desacreditadas que nos han traído a donde estamos. La bancarrota política de los que han gobernado, al igual que el fracaso de sus proyectos de futuro, se hacen cada vez más evidentes.

El independentismo puertorriqueño ha venido denunciando estas realidades a lo largo del tiempo. El Partido Independentista, desde su fundación, ha sido constante en sus esfuerzos por desenmascarar el fraude colonial del régimen y el fracaso de las políticas económicas y sociales de los gobiernos del PPD y PNP. Ya no somos tan sólo una voz que clama en el desierto. Hoy el país comienza a levantar también su voz de protesta y de denuncia.

La ruta a seguir es clara. En lo político se hace imperativo estimular – en todos los foros posibles – aquellos desarrollos e iniciativas que puedan ayudar a poner en marcha un proceso de descolonización que lleve al país a su soberanía, es decir, a su independencia. No hay otra salida. Sin los instrumentos de la soberanía nacional seguiremos impotentes para encarar el reto de la superación y el desarrollo. En lo económico y social nuestro objetivo tiene que ser el de construir una sociedad justa donde prevalezca no sólo la democracia política sino también la democracia social y económica.

Mientras no alteremos el rumbo que llevamos se irá acelerando el deterioro y la pudrición que tiene a nuestro pueblo al borde del colapso y de la ruina.