La caída

Publicado en El Nuevo Día

Se dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver. No hay mejor ejemplo de la profunda verdad que encierra este refrán que la conducta y la actitud del gobierno de turno ante la creciente debacle que arropa al país por todos los frentes.

Lo que está en crisis en Puerto Rico no es solo la capacidad y la credibilidad del gobierno de Acevedo Vilá sino los cimientos mismos del régimen colonial. La tragedia consiste en que ante los síntomas inequívocos y las manifestaciones palmarias de la incapacidad del régimen para lidiar con los retos que representa el desgaste económico y social del modelo de desarrollo colonial, la respuesta del gobierno de Acevedo es la de atrincherarse en la negación del problema y la de insistir en buscar soluciones precisamente en aquellas estrategias que nos han conducido al colapso.

La negación fundamental se extiende incluso a la resistencia a admitir –a estas alturasel carácter colonial de nuestra relación con los Estados Unidos. Temeroso de que cualquier debate en el Congreso concluiría con el descrédito total de un proyecto que pretendiera extenderle la vida al colonialismo (puesto que el rédito neto del colonialismo para los Estados Unidos sigue reduciéndose en las nuevas circunstancias globales), la estrategia de Acevedo Vilá es la de evitar a toda costa que dicho debate vaya a darse.

Aunque invoca la retórica hueca del cambio, sus acciones y omisiones van dirigidas a fortalecer el inmovilismo y el estancamiento.

Entona el canto de sirena de una futura Asamblea Constitucional de Status pero aclara que cualquier fórmula de status que tenga el "consentimiento" de los puertorriqueños se convierte en una solución soberana.

Permanece pues en el oscurantismo político de siempre, apostando a que sólo la ambivalencia y el engaño le pueden lograr la reelección.

En lo que atañe a la política económica, el Gobernador ha optado por llevar al extremo las políticas fracasadas del pasado. Mientras acaricia la ilusión de que el Congreso algún día restaure los privilegios contributivos federales que han desaparecido para siempre, esgrime los aumentos en los servicios básicos y el impuesto sobre el consumo como instrumentos para que los pobres y los trabajadores financien la crisis fiscal del Gobierno, a la vez que protege los privilegios de los poderosos.

Puerto Rico es hoy el país del hemisferio con la tasa mas baja de crecimiento. La prensa de la semana nos recuerda que la tasa de participación laboral se ha reducido al cuarenta y cinco por ciento de los aptos para trabajar, y que el desempleo oficial ha subido al doce por ciento.

Se agudiza la recesión y amenaza con prolongarse indefinidamente, se siguen perdiendo cada vez más los empleos, se disparan las quiebras y vuelve a ponerse en boga la emigración.

Mientras se anticipa otro año de déficit presupuestario, florecen las revelaciones sobre el deterioro continuo de los servicios públicos y el renacimiento de la corrupción y el desmadre administrativo.

Como el proverbial avestruz con la cabeza en la arena, el Gobernador reacciona a este cuadro de descomposición como si se tratara de una coyuntura pasajera que pronto habrá de ser superada .

Sólo así es posible entender que su remedio para todo –incluso el problema de status sea una dosis de más de lo m i s m o.

Mientras tanto el país se nos hace cantos bajo nuestros propios pies. No hay peor ciego que el que no quiere ver.