sábado, 16 de junio de 2012
Maritza Díaz Alcaide / Primera Hora

Don Carlos les enseñó a sus cuatro hijos, entre ellos el candidato a la Gobernación del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), Juan Dalmau, el valor de la compasión... Que uno viene obligado a ayudar al necesitado, no importa que ello signifique perder mucho o poco dinero.

El papá de Dalmau lo instruyó siempre con el ejemplo, como cuando junto con Juan Manuel visitó a un cliente de su mueblería, un vecino de Caguas que le debía $3,500, y éste le confiesa que no le puede pagar porque lo había abandonado su esposa, dejándole a sus tres niños, de dos, tres y cuatro años.

El hombre recién se había mudado de Arecibo y no tenía quien le cuidara los hijos.

Don Carlos, ni corto ni perezoso, mandó a montar todos los muebles en uno de los camiones del negocio..., pero para mudarlo de regreso a la Villa del Capitán Correa, donde la familia podía darle la mano.

 

La cuenta “quedó en cero”.

 

En la mueblería de don Carlos, contable de profesión, se sucedieron decenas de historias como ésta, de las que el hijo aprendió lecciones de amor al prójimo.

 

La relación entre Juan Dalmau y su papá fue de mucha confianza; confianza que se hizo extensiva a los amigos del hoy político, que lo visitan para pedirle consejo al padre.

El papá de Juan Dalmau también lo enseñó a boxear, deporte que su progenitor aprendió en el Ejército y practicaba en su juventud como aficionado.

¿Usted es independentista?

Yo he sido popular hasta ahora. Hoy soy independentista y lo seguiré siendo.

¿Desde cuándo es independentista?

“Desde que Juan Manuel es candidato”, confesó el papá del pipiolo, un hombre vivaracho y locuaz que, cuando supo que su hijo apoyaba la independencia, pensó “que para que fuera un penepé malo, mejor era un independentista bueno”.

“Cuándo él estuvo en la cárcel por Vieques, rebajé 30 libras, una por cada día de prisión”, recuerda el patriarca de los Dalmau, quien aquellos 30 días no dejó una sola noche de “dar vueltas” (piquetear) frente a la prisión federal.

Desde lo alto de la prisión, Juan Dalmau también lo observó cada una de las noches de cautiverio.