EL CORAZON de París está sobre el río Sena en la Isla de la Cité. Su perímetro se conoce como el "Kilómetro-0" de toda Francia. El espacio central de la Isla, conocido como el parvis de Notre Dame tiene, al este, la catedral del mismo nombre -cuya fachada retrata las más espectaculares puestas de sol- y al norte, una estructura con el curioso nombre de "Hôtel-Dieu", literalmente, "hospicio de Dios".

El Hôtel-Dieu se construyó al arrullo milenario de las campanas de Notre Dame como hospital público en el siglo XII. Fue reconstruido en su forma actual durante la modernización de París de finales del siglo XIX, cuando era un orfanato. El antiguo Libro de fuentes medievales contiene un memorial anónimo de 1749, cuando ya París se veía como centro de Francia y de toda Europa, titulado "Reforma del Hôtel-Dieu de París". Desde entonces se planteaba que "la conservación del hombre ha sido, en todo tiempo y lugar, el objetivo más interesante de un ministerio alumbrado"; y que el Hôtel-Dieu aseguraría el más esmerado cuido para "el enfermo más delicado, el ciudadano más humilde o el extranjero menos conocido".

Entre estos últimos, en los primeros días grises de diciembre, estaba yo.

Dos noches antes de ingresar a ese hospital público, mientras ojeaba unos viejos volúmenes en una pequeña librería del "Kilómetro-0", Shakespeare & Co., fue imposible evadir la ignorancia de un vociferante joven norteamericano que pregonaba con arrogancia la supuesta superioridad del sistema político estadounidense sobre el francés. Su único fundamento ante una chica británica que le servía de audiencia cautiva era que había mayor diversidad entre candidatos republicanos y demócratas en Estados Unidos que entre socialistas y conservadores en Francia porque, mientras en Estados Unidos los republicanos querían desmantelar el sistema de seguro social y los demócratas no, ni socialistas ni conservadores en Francia diferían en cuanto a su sistema de seguridad social.

Esto me pareció normal por parte de los franceses, por tratarse de un sistema de seguridad social que garantiza excelentes servicios de salud a la población. De otra parte, medité que la mera diversidad entre adversarios no garantiza un sistema político superior. Las abismales divergencias entre palestinos e israelíes en Cisjordania, por ejemplo, meramente constituyen una lucha más encarnizada. Y además, los demócratas de Estados Unidos tampoco defienden una seguridad social como la de Francia. Sin embargo, desde mi lecho en el Hôtel-Dieu, el primitivo argumento del americano retumbaría en mi mente con cada campanazo de Notre Dame.

Una infección intestinal siempre es incómoda; pero padecerla en París es tétrico. No obstante, mi experiencia bajo el sistema de salud pública de Francia constató lo que la lógica y mis convicciones socialdemócratas ya me dictaban sobre las prioridades de un sistema de seguridad social. ¡Cuestión de valores!

Llegué a la Salle d'Urgences del Hôtel-Dieu como cualquier hijo de vecino un viernes por la tarde. Como pocos parisinos hablan -o quieren hablar- ningún idioma que no sea el francés, me hice entender en mi francés deficiente. Cinco minutos después me atendieron y, tras tomarme las señas vitales, empezaron a controlarme la deshidratación y la presión arterial, que caía en picada. Mi esposa me acompañó durante un electrocardiograma y mientras tomaban las muestras de rigor para el laboratorio del propio hospital. Luego partió hacia el hotel para poner al tanto a nuestra hija y demás compañeros de viaje, y para aplazar nuestro regreso indefinidamente.

Por experiencias previas en hospitales de Estados Unidos y Puerto Rico, supuse que al regresar en un par de horas me encontrarían todavía en el mismo lugar. Pero para sorpresa de todos, mi familia y amigos me encontraron debidamente instalado en una habitación. Al cabo de tres horas, ya estaban disponibles los resultados de laboratorio y comenzó el tratamiento.

Durante cuatro días de amabilidad y atención esmerada por parte de todo el personal, me suministraron medicamentos orales y por vena, y me practicaron varios exámenes -tales como rayos-X, ecogramas y "scans" de órganos internos. La centenaria planta física, aunque impecablemente limpia, no era la más moderna ni lujosa. Las paredes necesitaban pintura, la incómoda camita (o más bien, camilla) de posiciones era mecánica y no electrónica, y no había televisor. Pero en cada cuarto, cada paciente tenía a su disposición un "monitor" permanente, como al que estuve conectado, que registraba mis signos vitales en una computadora de las que había una por habitación, permitiéndole a los médicos de turno acceso inmediato al historial de mi condición.

No permitieron que mi esposa, a la usanza boricua, se quedara conmigo fuera de horas de visita; y tuve tiempo para leer, observar las variaciones grises del cielo de París en diciembre y reflexionar sobre mi experiencia con los campanazos de Notre Dame que, a lo largo de los siglos, tantas almas antes que yo, escucharon desde ese mismo lugar.

Cuando estuve en condiciones para el largo viaje de regreso, me dieron de alta. Pagué con tarjeta de crédito y, después del reembolso de mi plan médico en Puerto Rico, mi costo real sería de menos de $600 por cuatro días de hospitalización, tratamiento de primer orden, y costosos exámenes y laboratorios. Es decir, pagaría $600 más que cualquier nacional francés, con pleno derecho a servicios gratuitos de salud.

Al emerger después de cuatro días al aire libre del parvis de Notre Dame, sentí compasión por la ignorancia del arrogante muchacho estadounidense; y hubiese deseado que entendiera, bajo el mismo cielo que yo, el valor de la justicia que caracteriza la verdadera seguridad social de un sistema político donde la salud es un derecho.