¿Cuánto odio cabe en una isla de 100 por 35? Leyendo los detalles macabros de la tortura y asesinato de Jorge Steven López, el joven homosexual acuchillado, decapitado, desmembrado y quemado, la única respuesta es: demasiado. De hecho, de mis cuatro años en el Senado—años en los que surgieron controversias realmente trascendentales, como el Plan de Uso de Terrenos, el cierre del gobierno, la Ley de Incentivos, el IVU, las acusaciones de venta de influencias al gobernador PPD y a un legislador PNP, la huelga y la descertificación de la Federación de Maestros--ningún asunto, ninguno, generó la atención, las pasiones y tristemente, el despliegue de odio, que provocaron las medidas relacionadas con las comunidades lésbicas, gay, bisexuales, transexuales y transgénero (LGBTT).

¿Cuánto odio cabe en una isla de 100 por 35? Leyendo los detalles macabros de la tortura y asesinato de Jorge Steven López, el joven homosexual acuchillado, decapitado, desmembrado y quemado, la única respuesta es: demasiado. De hecho, de mis cuatro años en el Senado—años en los que surgieron controversias realmente trascendentales, como el Plan de Uso de Terrenos, el cierre del gobierno, la Ley de Incentivos, el IVU, las acusaciones de venta de influencias al gobernador PPD y a un legislador PNP, la huelga y la descertificación de la Federación de Maestros--ningún asunto, ninguno, generó la atención, las pasiones y tristemente, el despliegue de odio, que provocaron las medidas relacionadas con las comunidades lésbicas, gay, bisexuales, transexuales y transgénero (LGBTT). La gente que jamás había asistido a una protesta en su vida, los que habían dejado pasar con indiferencia todo tipo de abusos, acudían al Capitolio, con marchas, piquetes, estribillos y pancartas, a oponerse al nuevo Código Civil, que permitiría el reconocimiento de parejas de hecho heterosexuales o del mismo género. Luego, la avalancha de rencor (recuerdo el pastor que aseguraba, ante la comisión que presidía el hoy convicto por corrupción, Jorge de Castro Font, que era imposible ser gay y cristiano) se volcó para pedir que se aprobara la Resolución Concurrente 99, que sólo pudo ser detenida cuando la representante Albita Rivera amenazó con revelar los pecados carnales de medio hemiciclo. Ahí sí que antes de ver la paja en el ojo ajeno se dieron cuenta de lo peligroso que sería que se destapara la viga del ojo propio, y así, gracias a una alianza tripartita que logró una rápida maniobra procesal, no se llevó a votación la 99.Pero quedó ahí, sembrada en suelo fértil, la semilla del desprecio y la marginación, y ya se vió con cuánta fuerza germinó, cuando se descartó la nominación de Joanne Vélez a la Procuraduría de la Mujer, por motivos que nada tenían que ver con su compromiso, capacidad y vocación. Pasa entonces lo de Jorge Steven y ¿cómo puede sorprender? Si el gobierno, con todo su poder, y algunas iglesias, con toda su persuasión, dedican sus mejores recursos a enviar el mensaje de que los gays no son iguales que nosotros, y por eso sus relaciones afectivas no merecen el reconocimiento del Estado; si insisten en que los homosexuales y las lesbianas son de calidad humana inferior, y por eso no pueden recibir en sus hogares niños y niñas en adopción; si predican que son abominación de la naturaleza, y por eso pueden ser discriminados y humillados, ¿cuán extraño puede ser que ese mensaje oficialista y religioso resulte en la exacerbación de la intolerancia que ya late en algunos?

No pretendo que las iglesias que hoy se oponen, mañana digan que en nombre de la caridad cristiana, apoyan el matrimonio entre personas del mismo género. Sé también que en el PIP, contamos con militantes que rechazan la posición que yo he asumido en cuanto a las comunidades LGBTT. Y tengo más que claro que cuando una independentista asume posturas como ésa, se le hace más fácil a nuestros detractores, atacarnos (algunas iglesias repartieron cartas pidiendo que se votara contra los legisladores del PIP), pero igual de difícil a los que defendemos el apoyarnos abiertamente. Lo digo, no sólo por los LGBTT, sino también por aquellos unionados, comunidades, ambientalistas, y muchos más –y las honrosas excepciones las conocemos y apreciamos-- que se beneficiaron de nuestra presencia en el Capitolio, pero a la hora de la verdad nos negaron el voto.

Lo que sí creo es que es hora de ponerle un dique a la cascada de odio y sobre todo que nosotros, los que sabemos bien lo que significa la persecución por pensar distinto a la mayoría, abramos espacios de tolerancia e inclusión. En todas las instituciones políticas del país se cuenta con colaboradores importantes que son gays o lesbianas. En todas las familias tenemos a alguien que queremos entrañablemente que mantiene una relación afectiva no convencional. En todos los vecindarios hay familias encabezadas por parejas del mismo género. Eso no ha significado, ni en los partidos, ni en las familias ni en los barrios, el fin de la civilización occidental o la recreación de Sodoma y Gomorra. Y cada vez que se apoya una medida que promueve la diferenciación, el discrimen, la negación de la igualdad, a quien se ataca, a quien se lastima, es al correligionario que vive con una persona del mismo género, al primo o la tía a la que se abraza con cariño, o al vecino o compañero de trabajo que saludamos en la mañana.

En una de las vistas sobre el nuevo Código Civil, pregunté a uno de los deponentes que se oponía al concepto de parejas de hecho, si él de verdad pensaba que mi hijo, por criarse en contacto con personas que mantienen relaciones afectivas con individuos de su mismo género, iba a ser un peor ser humano, o de alguna manera carecería de valores que lo convirtieran en un hombre de bien. No me pudo contestar. Ahora, estoy segura de que coincidiría conmigo en que no se puede hacer un mejor país, levantar nuevas generaciones, cuando la prédica de intolerancia produce tanta crueldad y provoca tanto dolor. Aquellas iglesias que así lo estimen, porque lo dicta su fe, tienen todo el derecho de no recibir en sus templos a los que no se ajusten a sus dogmas. El respeto a ese derecho es el que permite que, por ejemplo, la iglesia católica niegue el sacramento de un segundo matrimonio a los divorciados, aunque el ordenamiento –y muchas otras iglesias—sí lo admitan. De la misma manera, aunque no se prodigue simpatía a ciertos estilos de vida, o preferencias, o como se le quiera llamar, urge que se reconozca a cada cual su espacio, y que los llamados a promover el orden y la caridad, no pongan trabas al camino hacia la tolerancia. Porque lo otro, es seguir alimentando el odio que ya desborda nuestro país.