Pasan a todas horas frente a mi oficina en la Avenida Universidad, camino a los portones principales de la Ponce de León. El pecho encamisetado en consignas (si no te molesta la cuota, paga la mía; no me llames iupi, llámame candela), la cabeza envuelta en bandanas (upr/ no a la cuota) y en las mochilas, según amanezca, botellas de agua para el calor o sombrillas para la lluvia. Tienen dieciocho, veinte, veintidós años; es inevitable que, al verlos, algo de nostalgia se despierte en los que hace mucho estuvimos frente a esos mismos portones con reclamos parecidos.

He seguido la huelga de la Universidad desde la perspectiva política, como ex alumna, como parte de la comunidad riopedrense y con la preocupación particular por los muchachos y muchachas de la Juventud Universitaria del PIP (JUPIP) que se estrenan en la militancia como parte de un proceso que está en la mira de todos. Creo, como se ha señalado a saciedad, que hay mucho que aprender de la forma en que los huelguistas han desarrollado su proceso. Estoy además convencida de que han tenido un aliado fabuloso en la torpeza de la administración universitaria y gubernamental, al igual que en la simpatía que los medios de comunicación le habían escatimado a otros episodios de reclamo estudiantil.

En las conversaciones entre amigos y en el debate público, he escuchado las explicaciones más rebuscadas para el fenómeno social y mediático de esta huelga. Invocando desde Hobbes hasta Hostos, desde Gandhi hasta Galeano, citas y teorías florecen, como corresponde, claro, a un debate centrado en la UPR. Algún día se escribirán libros y se exhibirán documentales (¿se imaginan “que cara se ha puesto la entrada al alma mater” en reggaeton?), pero me parece a mí que la importancia aquí y ahora de lo que está ocurriendo en la Universidad va más allá de las consultas de base, de las loas a la democracia estudiantil y del asombro ante la eficiencia de las redes sociales. La huelga universitaria (o paro, o protesta o como le de la gana de llamarla al Tribunal Supremo) se ha convertido, por encima de todo, en la expresión más visible, más robusta, de lo que pueda quedar de esperanza en un país quebrado y sometido. La cuota es la causa inmediata, y la invasión policíaca la provocación más reciente de un proceso por el que se ha canalizado la indignación del país ante la incapacidad de los que gobiernan y con el que ha reventado la burbuja de indiferencia que parecía proteger a muchos jóvenes.

Alguien me preguntaba si de verdad los muchachos ganarían la huelga. Si ganar es eliminar la cuota, hay que decir que, tristemente, falta en el gobierno la inteligencia y la sensibilidad para predecir con certeza absoluta que se revertirá la medida más simplona e injusta que se le pudo ocurrir a los Síndicos –y la discusión económica es capítulo aparte. De lo que sí estoy segura es de que esta es una lucha, que, con darse, ya ha significado una ganancia inmensa para la Universidad, para la juventud y para el país. Podemos estar mas o menos de acuerdo con los matices (¿acaso no pasó lo mismo con Vieques?) y hay que acorazarse contra la desilusión que a algunos causa la falta de estámina espiritual de los que en las buenas se creían los titanes de la izquierda y hoy dan la espalda a los universitarios. Lo fundamental, me parece, es reconocer que este es un proceso en que los estudiantes y el resto de la comunidad universitaria son los protagonistas, con complejidades no siempre accesibles para los que miramos desde afuera, y que por sobre todo lo anima la devoción a la Universidad y a lo que significa para tantos de nosotros. Hoy le toca a estos jóvenes ser, como evoca el himno al alma máter, anuncio de juventud, amor y libertad. Que así sea.