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El impedimento de la inhumanidad  artículo publicado en   El Nuevo Día edición Viernes 27 de septiembre 2013, Página 67 

 

La temperatura está por encima de los noventa grados. El esfuerzo conjunto de los enmohecidos abanicos de techo y de pie no alivia el calor. Los muebles y los enseres se reparten, desvencijados, por encima del piso marcado por grietas, desniveles y agujeros. En los estantes se agrupan objetos desiguales, gastados. El aire es de abandono y pobreza. Y en una mesa que ha visto mejores tiempos, la maestra y sus ayudantes, con paciencia y dulzura infinitas, le explican al grupo de cinco adolescentes los conceptos arriba y abajo, mientras otra de las jóvenes recorta figuritas de papel. Solo ella y otro de sus compañeros pueden hablar. Estamos en uno de los salones de vida independiente de la Escuela Dr. José A. Padín, en Bayamón, espantados ante las condiciones en que el Departamento de Educación insiste en tener a sus 105 estudiantes con retraso mental, perlesía, microcefalia y autismo. Salón a salón, la situación es similar. Para los del primer piso, hoy es un buen día, porque no ha llovido y no entró el agua, pero ahí está el mapa que dibuja el hongo en la parte baja de las paredes. La lluvia castiga además los pasillos, erosionados al punto de dificultar el tránsito de las sillas de rueda de las que dependen varios estudiantes, que además llevan la peor parte cuando hay mal tiempo a la hora de almuerzo, pues parte del trayecto al comedor no está techado.

 

Como una señal especialmente clara del olvido en que el Departamento de Educación tiene a la José A. Padín está el letrero que, más de dos décadas después de que esa agencia cambiara de nombre, aún reza: "El Departamento de Instrucción Pública no discrimina por razón, de raza, color...o impedimento en sus actividades, servicios educativos...". Si esto no es discrimen, que venga Dios y lo vea. Es imperdonable que, mientras florecen "Escuelas del Sigo XXI", con aire acondicionado y tecnología, mientras el Departamento tiene más dinero y menos estudiantes, en esta escuela dedicada a jóvenes con impedimentos severos los únicos espacios de recreación sean una plazoleta con techo metálico y un canasto puesto en un rinconcito; que la Oficina para el Mejoramiento de Escuelas, con 33 millones de dólares de presupuesto, diga que no encuentran una fuente de agua para sustituir la única que tiene el plantel—justo a la entrada del baño que comparten las niñas y la facultad o que el Departamento prefiera tener un salón como almacén de cachivaches en lugar de convertirlo en biblioteca. 


El estado de esta escuela acusa la ofensiva inadecuacidad del andamiaje institucional de nuestra sociedad: recursos dilapidados por un lado y necesidades humanas básicas sin satisfacer por otro. El abandono de la Padín –y de la disfuncionalidad general del Programa de Educación Especial, lo que refleja es la impresión de que estos niños merecen lástima o alguna frase de simpatía, pero no una inversión real. La realidad es que la Escuela José C. Padín, sostenida sólo sobre la vocación extraordinaria de su personal, no necesita buenos deseos ni discursos: necesita muebles y enseres decentes, computadoras, espacios de recreación, materiales didácticos y cotidianos, mesas, sillas, cubículos para el trabajo individual y la renovación del obsoleto sistema eléctrico. Pero aún hay más, porque cuando estos jóvenes cumplan 22 años y dejen de recibir, deficientes como son, los servicios del DE, podrán aspirar, como mucho, a un trabajito con salario ínfimo (un bagger gana $3.00 la hora y le descuentan la propina). A los casos más comprometidos les espera la reclusión total en sus hogares, escondidos del mundo. Qué amarga ironía: aspiramos al fin de la maldad y el rencor, pero castigamos con la negación de los recursos comunes a los que la naturaleza ha colmado de inocencia absoluta. Esos jóvenes, que nunca podrán alzar la voz para reclamar por ellos mismos, necesitan que su país los trate con dignidad. Negársela es el peor impedimento de todos: el de la inhumanidad.